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A TRES MANOS: PARA UNA ETICA DEL DEBATE

Francisco Rodríguez
franciscorodriguez50@cantv.net


Más que una cuestión de competencias cognoscitivas (que lo es), el debate como lógica procedimental de la democracia, es asunto primordialmente de ética. Y no nos estamos refiriendo con esto al simple respeto de las reglas del juego, de las normas del buen hablante y el buen oyente; lo que se plantea en el terreno de la ética es algo más profundo. En este sentido, nos estamos refiriendo al concepto, la percepción y la actitud que el Yo tiene con respecto al Otro; la reflexión que fundamenta el concepto de libertad, mi libertad frente a la libertad del Otro que tengo enfrente y que me está exigiendo que lo reconozca como sujeto capaz de habla también. En esta topología, cuando la libertad del Otro es reconocida como legítima por el yo, entonces se produce un proceso de reconocimiento mutuo crítico que me permite a mi ejercer mi libertad como sujeto libre y autónomo, aunque interdependiente, al reconocer al Otro como sujeto de libertad también. El Otro asume, de este modo, el papel de un interlocutor válido en el orden de la comunicación pública. La situación de “motivos excluídos” y “motivaciones reprimidas” que impedían el acceso a la comunicación pública de ese otro descalificado, estigmatizado y desvalorizado y por lo tanto inexistente para el yo, es rota por el proceso de reconocimiento como un acto racional; pero ante todo de tipo empático que conduce al yó a “ponerse en el lugar del Otro”.

Esto que parece algo natural y simple, no lo es; muy por el contrario lo usual es lo contrario. La línea del menor esfuerzo cognitivo, que es un mecanismo muy primitivo, animal, induce naturalmente a situar al yo en un plano auto-egocéntrio (Morin) que impide estructuralmente, más que de hecho, la posibilidad de ver más allá de mi nariz. El Ego se constituye fundamentalmente a partir de los procesos primarios del inconsciente que a su vez niega el principio de realidad que el Otro significa y tiende a incorporarlo, porque no acepta la contradicción, dentro de sí de acuerdo al principio de identificación. Es así como se constituyen los mitos, las religiones, las ideologías y los relatos fundamentados en “lógica imaginaria de las ideas”. El Otro y lo Otro (naturaleza) giran siempre alrededor del yo-ego de acuerdo a ´la “lógica del deseo” que reconoce-desconociendo la alteridad como referencia externa e impredecible. Y aquí aparece un segundo aspecto del problema que es la ansiedad natural que genera la existencia de algo diferente y externo al yo-ego que éste no puede controlar, mostrándose de esta manera como una “amenaza (real o subjetiva) a la existencia de lo ya establecido. A lo predecible y por tanto controlable por el yo-ego, se le opone el “ruido” en la comunicación que constituye la palabra del Otro en tanto diferencia. En este sentido, no sólo el sujeto común se comporta de esta manera, sino que el poder como organismo vivo también se conduce de acuerdo a esta lógica terrorífica. La orden de mandar a callar al que expresa alguna disidencia, o incluso simplemente algún matiz diferencial con respecto a la manera como el poder enuncia la realidad y verdad de las cosas, expresa claramente la angustia ante lo que se percibe como diferente y por lo tanto amenazante del status de la hegemonía de la voz detentada por los administradores del orden. Lo que se impone aquí es una visión “tubular” de los acontecimientos y el mundo que conduce a calificar como desacato cualquier intento por manifestar el más mínimo y elemental indicador de la presencia y demarcación territorial de la presencia del Otro quien a menudo prefiere adoptar el “camuflaje” de partidario de la “visión del mundo” hegemónica, antes que desaparecer totalmente. Es una actitud profundamente “necrofílica” que conspira contra todo lo que huela a vida, proponiendo el “orden de la muerte” que significa el pensamiento único.

Este modelo de comunicación está a la base de la lógica propia de la “personalidad autoritaria” y de los regímenes totalitarios porque supone un tipo de acto de habla perlocutoria e imperativa. Pero no sólo los regímenes abiertamente antidemocráticos albergan este modelo, sino también algunas democracias formalmente instaladas. Y en éstas, puede tal situación llegar a adquirir niveles degradantes para la disidencia cuando la orden que constituye un “mandato a callarse”, llega a través de la “autocensura”.

En cualquier situación, en la que la comunicación unidireccional es predominante, sea en la vida cotidiana, en el contexto institucional o laboral, o bien en las relaciones entre el estado y el ciudadano, es imposible la viabilidad de un orden que funciones de acuerdo a la lógica de la “discusión permanente”.

Ahora bien, cuál sería la salida a este laberinto comunicacional que representa la imposibilidad del intercambio crítico con el Otro sin que medie la violencia como respuesta automática al problema?. En principio tenemos que definir el concepto de “espacio público de la comunicación” como el lugar exquisito para el debate de las cuestiones fundamentales que nos involucran a todos como ciudadanos. En este sentido estaríamos hablando de una multiplicidad de espacios públicos y no de un solo tipo de espacio público hegemonizado por los sectores política y económicamente poderosos. Tampoco del enfoque neoliberal propio de la figura jurídico-política de la “libertad de expresión”. Cualquier medio es bueno, desde un buen diario de circulación nacional, una emisora de radio o televisión, hasta el espacio que a mi entender debería ocupar el lugar privilegiado, como lo es la plaza pública en tanto ágora por excelencia para darle cuerpo a una propuesta de “debate en red” a nivel nacional, regional y sobre todo; local.


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