A TRES MANOS: LA VIABILIDAD DEL DEBATE EN TIEMPOS DE TRIBALIZACION
Francisco RodrÃguez
franciscorodriguez50@cantv.net
Imposible pensar en democracia sin colocar a la práctica del debate en el centro de las tensiones que definen las potencias subterráneas que la dinamizan.
Pero es poco menos que imposible que se produzca una dinámica generalizada de debate en un clima sociopolÃtico caracterizado por un proceso de polarización. Este proceso de polarización polÃtica, se expresa en un fenómeno de tribalización. Y eso ocurre porque más que defender posiciones polÃtico-ideológicas, ideas, doctrinas, teorÃas, lo que se está defendiendo es un “territorio”. Este no sólo constituye un “territorio polÃtico, “simbólico”, etc., sino también y en el sentido más literal de concepto, territorio fÃsico. Lo vimos nÃtidamente a partir de los sucesos de Abril 2002 en Caracas, y sigue manteniéndose, aunque de baja intensidad. Cada grupo tenÃa su “espacio vital” para la supervivencia del grupo especÃfico, lo cual definÃa lÃmites, estrategias, actores, discursos, estrategias de movilización, etc.
Este emplazamiento territorial, significó en un momento dado, máximos niveles de confrontación violenta de las posiciones que tenÃan que ser defendidas en términos de la lógica “amigo-enemigo”. Los resultados fueron realmente catastróficos para el mantenimiento de un clima de paz social y fortalecimiento de la democracia, como único régimen polÃtico que se sustenta en la actitud de “disidencia institucionalizada”.
La emergencia de esta situación podrÃa ser situada en el contexto de un estado de evaporación de las mediaciones institucionales de carácter polÃtico que muy bien pudieron haber cumplido el rol de “mecanismos de agenciamiento” de un proceso de resolución no violenta de conflictos. Pero no solamente los partidos polÃticos sufrieron este proceso sino que también los grandes medios de comunicación se plegaron a la “lógica de la tribalización” predominante. En estas condiciones, debate, diálogo, negociación, acuerdos negociados, etc., eran prácticas sociales claramente incompatibles con posiciones topológicamente definidas de acuerdo a ese tipo de racionalidad.
Ahora bien, aparte de la situación de evaporación institucional que conspiró (y conspira) fuertemente en contra del surgimiento de una racionalidad comunicativa para generar un consenso a través de la activación de diversos dispositivos de mediación, ¿Qué otra cosa podrÃamos señalar como aspecto fundamental en la explicación de este fenómeno?.
Es obvio, que en nuestro paÃs no tenemos fuertes tradiciones de una cultura y mucho menos, de una “´Ã©tica del debate”. Desgraciadamente, las tradiciones carismático-personalistas, cuadillistas y de autoritarismo-egocéntrico, inherente a nuestro particular modo de ser y pensar, ha impedido secularmente la apertura de múltiples espacios públicos fundamentados en pluralidad. Esto no constituye una cuestión accidental, o coyuntural, la ausencia de una matriz de resolución de conflictos a través de la conciliación, el diálogo y el debate, es el producto natural de “los mundos de vida” propios del Ser cultural venezolano y latinoamericano en general. Es una cuestión paradójica porque aunque como pueblo somos étnicamente politeÃstas, promiscuos e incestuosos (desde el punto de vista social, claro), sin embargo el autoritarismo constituye un rasgo central de nuestra relación con el “Otro”, el poder polÃtico y por tanto, con el espacio público.
Este proceso de “tribalización” ha significado el entronizamiento de una “lógica del cierre de perspectivas” en el sujeto común, a la hora de fijar posición con respecto a las cuestiones del espacio público. PolÃticas públicas, decisiones fundamentales, desempeño de sujetos-actores, discursos, en el campo oficialista, son percibidos como “caos total”, “amenazas a la libertad, la democracia y el progreso”, sometidos a la sospecha de comunismo y la dictadura militar y por lo tanto indicadores de un “Apocalipsis socio-polÃtico”. Movilización de masas en los espacios públicos de la calle, protestas, crÃticas a las ejecutorias del gobierno, etc. , son leÃdas por el otro bando, como la “urdimbre” de un complot, incluso internacional, para acabar con la revolución e implantar finalmente un régimen atroz de neoliberalismo tutelado por el imperialismo norteamericano.
Proponemos un proceso de “reconstrucción social de la subjetividad” colectiva orientada a la instalación de una cultura de la alteridad que permita reconstruir al “Otro diferente” y su espacio, desde el terreno mismo de las colectividades, a partir de ·”Las plazas públicas”, como redes infinitesimales de “ágoras” en todo el paÃs.
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